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El primer avión cohete que no logró impresionar a Hitler

En el año 1939, los ingenieros del III Reich, la Alemania de Hitler, trabajaban en las instalaciones secretas de Peenemünde en proyectos de alta tecnología. Entre ellos estaba, por ejemplo, Werner Von Braun, el ingeniero de cohetes que creó el primer misil y que acabó llevando al hombre hasta la Luna, gracias a la NASA de los Estados Unidos. Gracias a este y a otros ingenieros, el 20 de junio de 1939 el piloto Erich Warstiz logró hacer volar el primer avión de la historia propulsado única y exclusivamente por un cohete de combustible líquido: el Heinkel 176.

El primer avión cohete que no logró impresionar a Hitler

Antes de que el cohete del Heinkel 176 rugiera y alcanzara sus supuestos 750 kilómetros por hora de velocidad máxima, apenas hacía 20 años que la aviación había alcanzado su mayoría de edad, al acabar la terrible Primera Guerra Mundial. Pero lo cierto es que en cuestión de dos décadas, los aviones habían sufrido una drástica revolución. Gracias a los trabajos de diseñadores como William Bushnell Stout (Estados Unidos), Hugo Junkers (Alemania) y Andrei Tupolev (Unión Soviética) en pocos años se pasó de volar biplanos hechos de madera a hacer volar potentes monoplanos de aluminio y aparatos cada vez más grandes e impresionantes.

Por ejemplo, en el año 1919 el ingeniero español Juan de la Cierva diseñó el autogiro. En los años siguientes, los ases del cielo, como Amelia Earhart, batieron récords de velocidad y distancia. Ya en 1929, el alemán Claude Dornier hizo volar al que sería el avión más inmenso en los próximos 20 años, el Dornier Do X, un hidroavión de 48 metros de envergadura. En los primeros momentos, este inmenso aparato debía competir con los flamantes dirigibles.

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, pilló a Alemania y a Gran Bretaña diseñando la próxima generación de aviones: los impulsados a reacción y a través de cohetes. A costa de la guerra más destructiva de la historia, el hombre estaba a punto de dar los primeros pasos para convertir la aviación en un bien de consumo cotidiano. Además, en Estados Unidos y también en Alemania se diseñaron los primeros helicópteros.

Durante los años 20 se acoplaron motores cohete de combustible sólido a casi todo lo que podía rodar, como coches, motos, trineos y pequeños vagones. Ya en 1929, los ingenieros alemanes Alexander Lippisch y Fritz von Opel montaron cohetes en dos aviones planeadores, el Ente y el RAK 1, respectivamente. Pero los resultados no fueron demasiado halagüeños: los pilotos no podían regular el empuje de los cohetes de combustible sólido y los motores no podían apagarse una vez que se encendían, hasta que no agotaban el combustible.

Cohetes de combustible líquido

Los trabajos de Wernher von Braun en los cohetes de combustible líquido, que luego permitieron el desarrollo de cazas y misiles balísticos, entusiasmaron al ingeniero aeronáutico Ernst Heinrich Heinkel, responsable del diseño de varios bombarderos (Los He 59, He 111 y He 115). A principios de 1937, se acopló uno de estos motores a un avión de hélice, y se hicieron pruebas en vuelo en las que se pagaba el motor convencional y luego se encendía el cohete.

A continuación, Heinkel construyó un prototipo, el He 176, específicamente diseñado para volar con el motor cohete de combustible líquido, y que consistía en una mezcla de peróxido de hirógeno. Para tal fin, diseñó un avión sencillo, de madera, provisto de una cabina formada por un domo acristalado.

El 20 de junio el capitán Erich Warsitz hizo el primer vuelo con el He 176. El día siguiente, los ingenieros repitieron la prueba ante autoridades del Ministerio del Aire de Alemania. El aparato no superó los 700 kilómetros por hora y pronto quedó patente el grave peligro que entrañaba el combustible en el avión. Por eso, ni Erhard Milch ni Ernst Udet, importantes cargos militares de dicho ministerio, quedaron muy impresionados, así que retiraron su apoyo al proyecto por considerarlo arriesgado. De nada sirvió tampoco una demostración hecha ante Adolf Hitler, el 3 de julio del mismo año.

Aún así, antes de cancelar el proyecto, los ingenieros desarrollaron un prototipo más sofisticado del aparato, al que siguió llamándose He 176 y que nunca se construyó. Por eso, solo fue construido un ejemplar del primer avión cohete.

El He 176 fue entregado a un museo en Berlín, pero los bombardeos aliados acabaron con él en el año 1943. Por entonces, con Alemania enfrascada en la sangrienta Segunda Guerra Mundial, toda la industria y el ingenio alemanes trabajaban en diseñar aviones capaces de evitar que su país quedara aplastado por los bombardeos aliados.

La compañía Messerschmitt desarrolló el Me 163 «Komet», que se convirtió en el primer caza de propulsión por cohete de la historia. Los últimos estertores del III Reich alumbraron siniestros prototipos de aviones por cohete, diseñados en ocasiones para derrribar bombarderos en misiones suicidas, como el Bachem Ba 349, el Fliegende Panzerfaust o el Focke-Wulf Volksjäger. Mientras tanto, otra potencias trabajaron también en sus propios aviones propulsados por cohetes, como el Yokosuka MXY7 Ohka, Japón, el Bereznyak-Isayev BI-1 (Unión Soviética) y el Northrop XP-79 (EE.UU.).

Llega el turborreactor

Pero no fue hasta la llegada de la Guerra Fría cuando volvieron a usarse los aviones propulsados por cohetes. En plena Segunda Guerra Mundial, los ingenieros se volcaron por los aviones a reacción, mucho más eficaces.

Un poco después de que estallara la contienda, un diseño de Heinkel, el He 178, se convirtió en el primer prototipo práctico de turborreactor. Aunque Heinkel no encontró apoyo, finalmente construyó un prototipo de caza a turborreacción, el He 280. Los alemanes lograron adelantarse varios años a los británicos y su Gloster E.28/39.

Pero el competidor de la compañía Heinkel, Messerschmitt, comenzó a construir en 1943 el primer caza turborreactor de la historia: el Me 262 «Golondrina». Este avión superaba con mucho a sus rivales propulsados por hélices y, aunque se produjeron más de 1.400 unidades, el diseño llegó tarde y no cambió el curso de la guerra. Tampoco el primer bombardero a turborreacción, el también alemán Arado Ar 234 «Blitz», pudo influir. En todo caso, después de ganar la guerra, los aliados capturaron estos aparatos y los usaron para hacer sus propios diseños.

Gracias a esto, los diseños alemanes y los de las otras potencias tuvieron un importante papel en la llegada de la próxima era de la aviación. Las tensiones de otro conflicto, la Guerra Fría, dieron un impulso increíble a los aviones grandes y pequeños, y a los cohetes que inauguraron la era espacial. Los usos pacíficos de hoy en día, que permiten conquistar el espacio y viajar cómodamente a cualquier parte del planeta, tuvieron unos comienzos violentos.

Fuente: abc / MF

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