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Freddy Guevara: un fugitivo sin gloria

Los líderes políticos son útiles libres y vivos. Las inmolaciones gloriosas solo sirven para animar con nombres el discurso épico de causas derrotadas que se remueven en algún aniversario.

Los sensatos, sin parecer cobardes, se mantienen operando en la clandestinidad si realmente su vocación es el servicio por una causa justa, o sobrellevan la cárcel con honor, que en política y al menos en este país, es un galardón que añade prestigio.

Incluso, el asilo no es un comodín de vergüenza para un dirigente o personalidad moralmente solvente que es perseguida, pero sí una salida deslucida para un sujeto con una valentía postiza que inspiró la inmolación de decenas de jóvenes en Venezuela durante las protestas violentas de 2017 y que hace poco admitió que fueron “un error”.

Freddy Guevara se proyectó nacional e internacionalmente como el agente más resuelto dentro de la MUD para destronar al gobierno con una epopeya de violencia callejera que tuvo la rara virtud de glorificar la capucha y convertir a la mierda en munición de guerra.

Continuamente asumía la pose de un guerrero que animaba a “los libertadores” para enfrentar a la Dictadura, patentando un atípico formato de combate subversivo que tomaba asueto y terminaba sus desmanes en horas de la tarde como si se tratara de cualquier jornada de trabajo común, haciendo de la subversión un oficio confortable que hubiesen envidiado los guerrilleros colombianos, los milicianos sandinistas, los fundamentalistas del Estado Islámico, los protestantes del Maidan, o los épicos vietnamitas en su tiempo.

Guevara, con su baja estatura y enorme ambición, se creyó más terrorífico y glorioso como un Napoléon. Increíblemente creyó en la efectividad de atormentar al gobierno de Maduro con la insensatez de los trancazos que secuestraban en las casas a sus propios partidarios y que convirtieron a las barricadas en los “democráticos peajes” de unos encapuchados que administraban el derecho a la libre circulación en el este de Caracas.

Ahora, este apóstol de la violencia que contradictoriamente admira a Mandela y Luther King, y que con una rara humanidad suavizó la quema de un semejante en Altamira, busca asilo en la Embajada de Chile como si se le perisguiera por delitos de conciencia y no por los desmanes de los que fue instigador y por los que seguramente en ese país le aplicarían el régimen antiterrorista.

No sé qué dirán las familias de las víctimas que acudieron animados a sus llamados heroicos y que hoy están muertos. A mí al menos me extraña que alguien tan “valiente” huya con tan poca gloria, y que al mismo tiempo le haga un desaire de pendejo a Leopoldo López, su líder, quien al menos pasó un rato por la cárcel de Ramo Verde, buscando algo de ese prestigio que da una pasantía por los calabozos en la política venezolana.

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