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Ángel Romero: Huellas de un Cronista

A propósito de los actos que en su honor están organizando sus amigos, grupos culturales y asociaciones educativas que hacen vida en el Municipio Piar, para este 12 de octubre, Hildelisa Cabello transcribió algunos fragmentos de su interesante testimonio de vida, que nos complace entregarles para el registro de las grandes obras culturales, humanísticas y educativas de Guayana, toda vez, que hablan de luchas y superación de dificultades, grandes sueños, logros y nobles aspiraciones, de un hombre comprometido, empecinado en dejar huellas que honraran por siempre su memoria.

Su ejemplo de vida, su sacerdocio como docente, su vocación de servidor público y su entrega al estudio e investigación de la historia y la cultura guayanesa, la centró en escudriñar, esclarecer y dar a conocer el pasado de Upata, el terruño que –según él- “surgió de los montes del sur, entre murmullos de rezos capuchinos”, y que escogió para realizarse como ciudadano, hombre de familia, descansar eternamente, y sobre la que deja una respetada y documentada obra escrita.

Observa Hildelisa Cabello, que “entre sus colegas, Ángel Romero fue respetado y muy apreciado. En mí dejó grandes enseñanzas. Como Cronista de nuestro estado, tempranamente expresó interés y brindó importancia al incipiente trabajo histórico que comenzamos en 1984; reconociéndolo sin egoísmos y recibiendo con satisfacción la propuesta educativa con la que nos lanzamos al ruedo profesional aquel año: los Centros de Historia Regional. Como educador e historiador, me apoyó e hizo favorables comentarios a lo que consideraba “una valiosa propuesta para el fomento de la enseñanza de la historia local y regional, entre la población joven del sur venezolano”. Desde el primer día que lo conocí sentí una gran empatía con él: la bondad que transmitía su rostro, la humildad y serenidad de su expresión corporal, su eterna y amplia sonrisa, su cabello claro y lacio sobre la frente, el brillo de sus ojos, y nuestro común interés por el tema histórico guayanés, nos permitió largas y amenas conversaciones.

En 2013 coordinó la presentación de mi libro: La Histórica Mudanza, en Upata. Ese día fuimos a una emisora y de allí, me pidió, lo acompañara a una actividad en una amplia y hermosa escuela. Allí pude observar cómo lo querían y apreciaban, pero, sobre todo, ¡cuánto se respetaba a Ángel Romero, en el medio educativo piarense!. Lo recibieron con honores, como el Cronista de la Ciudad. Un lugar ganado entre la población, con su esmerada y abnegada dedicación al estudio, la investigación, la promoción y difusión de la historia local del Municipio Piar, caracterizada por el desprendimiento, la entrega sincera y gentil, sin pedir nada a cambio. Un ejemplo a emular, inspiración y guía para quienes en nuestras comunidades, aspiren a ocupar estos roles ciudadanos al servicio de la defensa y difusión de los valores y referentes de nuestras historias locales”.

Pinceladas de su propia historia
“Cronista venezolano, nacido el primero de marzo de 1.935; quinto hijo de Lorenzo Romero y Emilia Cabrera. Éramos en conjunto cinco varones y dos hembras: Germán, María de Jesús, Bernardo, Virginia, Ángel, Jesús Alberto y Carlos. Mi padre gustaba leer mucho. No era académico, era un autodidacta. Me recuerdo de niño con cestas de mercaderías; subiendo y bajando los cerros de Caracas en función de vendedor de arepitas, empanadas, conservas, flores de papel y pare de contar. Y si no era esa la actividad, era la de limpiador de tumbas en el cementerio, con una lata de agua y una regadera guindando en las manos; casi me deformé de tanto cargar esos instrumentos. A los 14 apenas había llegado al sexto grado. De esta etapa estudiantil me queda el recuerdo de la maestra más querida: Ofelia Albuja, mi maestra de cuarto grado en la Escuela “Gabriela Mistral”. A los 19 cursaba tercer año en el Liceo Fermín Toro, pero tuve que dejar el Liceo para estudiar Secretariado Comercial en Ocumare del Tuy, presionado por la urgente necesidad de buscar un empleo mejor que el de vendedor de regorgayas… Comencé a rebelarme, a manifestarme agresivo. Se despertó en mí la idea de sobreponer a mis penas, mi rebelión. Me fui haciendo arisco y protestatario; andaba en menesteres políticos y echándole la culpa a la sociedad de cuanto me acontecía.
Cada vez que meditaba sobre mi existencia, que me parecía trágica, me frustraba. Sobre todo cuando adquirí la bilharzia por bañarme en las aguas sucias de una quebrada. La enfermedad me llevó a la pérdida de la memoria. A veces olvidaba hasta los nombres de las personas más allegadas, y no lograba recordar nada de una lectura recién disfrutada. Entonces, en esa crisis existencial, me hundía más y más en el fondo; hasta que logré, con un gran esfuerzo, estudiar un curso de nueve meses de Secretariado Comercial”.
Su amigo Julio.
“Julio comenzó a trabajar en el Banco de Venezuela, en calidad de agente de la Sucursal de El Silencio, nos llevó con él. En esa institución me inicié en los grupos culturales, en el Club del Banco de Venezuela. Me gustó y me quedé en el mundo cultural hasta hoy. Julio era una institución. Por su oficina pasaban viudas, ancianas desvalidas, niños pobres. Siempre sonreía cuando ayudaba, como si la felicidad de dar fuera aun mayor del que recibía su cooperación. Todos cuantos pudimos compartir con aquel joven, -definitivamente un santo-, crecimos mucho. Sobre todo, aprendimos que la pobreza no es un escollo sino una posibilidad de alcanzar un universo espiritual mucho más elevado que el de la dimensión física; que el arte de servir a los demás deslastra las rebeldías sin causas, a la vez que educa el sentido de la justicia. Fue, sin dudas, el primer líder auténticamente puro que conocí en esos tiempos de inicio juvenil”.
Guayana, su destino.
“En 1.966 mi situación económica era caótica. Decidí romper con Caracas y venirme a correr mi aventura guayanesa. Aquí encontré a mi primo Emilio Ramírez, quien era diputado a la Asamblea Legislativa de Bolívar por U.R.D. Emilio me sirvió de relación con Santos Rebolledo y con el Director de Educación, Profesor Lucas Rafael Álvarez. Conseguí trabajo de maestro en el Caserío Capachal, de Caicara del Orinoco. La soledad del medio rural, la ausencia de vinculación con las urbes me llevaron a profundas reflexiones.

Estando en la escuela de Capachal conocí a Carmen, mi esposa. Nos casamos en Caicara del Orinoco. Dos años después nos mudamos a Upata, donde nacieron nuestros seis hijos: Abel, Ivonne, Carlos Rigomar, Irania, Mariú y Carmen Virginia. Mi propia experiencia me llevó a dejarlos a que cada uno tomara su propio rumbo e intenté solamente ayudarles para que ellos encontraran las herramientas que les sirvieran para cincelar su propia vida; a enfrentar sus propios obstáculos y vencer sus propios miedos.
Entiendo que hay momentos de vacilación en la vida. Aspiro que cada uno de mis hijos tenga su propio espejo para mirarse y sus propias glorias. Que sean útiles y sabios; justos y tolerantes”.

Upata de sus sueños
Apunta Hildelisa Cabello, que en una interesante entrevista que le realizó el periodista Omar Vidal en 2017, reflexiona ampliamente sobre el pasado y presente de la ciudad de sus sueños: “Cada uno desde su vocación personal y de servicio, ha contribuido para que el antiguo pueblo capuchino se haya convertido con los años, en la tercera ciudad del estado Bolívar” –y agrega-, “pero a pesar de su progreso, Upata no está a la altura de sus aportes, ni crece al ritmo de otras ciudades del estado”. En la interesante entrevista además de su clamor ciudadano ante problemas y necesidades cotidianas, como “pavimentación de calles, instalación de nuevos servicios médicos, educación dinámica y eficiente, creación de nuevos parques y mejor prestación de servicios públicos”, aflora la opinión experta y el compromiso del hombre de letras, que alerta sobre las deficiencias y debilidades de las políticas públicas, destinadas al fomento y desarrollo del sector cultural en su amado terruño upatense. En su condición de Cronista e historiador, recomienda “crear espacios para el cultivo y fomento de la memoria histórica”. A esos fines propone “la creación del Archivo Histórico Municipal, (…) instalar una imprenta propia en Upata, donde imprimir su acervo literario y editar su propio periódico”. Para Ángel Romero fue un anhelo y una preocupación permanente, la creación de espacios institucionales, como la Oficina del Cronista, donde compilar documentos y testimonios del pasado histórico de la ciudad, accesibles a la consulta ciudadana. Para él, “una ciudad que no guarda y aprovecha las experiencias de su historia, tiende al estancamiento”. Con su ejemplo demostró su prédica, según la cual: “La ciudad no se mendinga, se construye con el aporte de sus ciudadanos” .

La lucha sigue 
Sostiene en conclusión Hildelisa Cabello, que “su reconocida propuesta pedagógica para la formación del Cronista Escolar y Comunitario; así como, a su fallecimiento, la iniciativa de recomendar a las honorables autoridades del Municipio Piar, crear la Orden Municipal “Ángel Romero”, deben seguirse trabajando. La primera, contar con el compromiso institucional necesario, y la segunda, con el apoyo de todos los sectores que hacen vida en esta importante municipalidad del estado Bolívar, cuna de hombres y mujeres de letras, y centro de una dinámica económica, social e intelectual que ha brillado con luz propia; herencia histórica y referentes de la cultura upatense, y de Guayana, en general; que muy posiblemente inspiraron tempranamente a Ángel Romero, estremecieron las fibras más sensibles de su alma y guiaron sus pasos hasta este escondido espacio geográfico del sureste guayanés, donde inició el apasionante recorrido de indagación de su pasado para cantarle, escribirle e involucrarse en la cotidianidad de la antigua Villa de Españoles de San Antonio de Upata. Sin duda, la vida de Ängel Romero, su obra y su legado agregan valor a los preciados tangibles intelectuales, e intangibles morales, espirituales e históricos acumulados por la tierra upatense en toda su interesante y apasionante historia”. Nobel Medrano Matos 

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