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Hambre y desatención obligan a casi 20 niños a pedir en un semáforo de Ciudad Guayana

Las leyes venezolanas y los convenios internacionales son claros sobre los derechos de los niños y las acciones que se deben tomar para protegerlos, sin embargo, todo se queda en papel, ante un Estado que no prioriza a los menores.

“Señor, ayúdenos con algo, por favor”.

Es lo primero que se escucha al pasar por la esquina de la Torre Loreto de Puerto Ordaz, alrededor de 18 niños corren de un semáforo a otro para pedir dinero en uno de los cruces más transitados de la ciudad. En su mayoría tienen entre 6 y 13 años y llegan desde Campo Rojo, La Laguna y Dalla Costa en San Félix.

“Seré el primer culpable si hay niños abandonados en Venezuela. No permitiré que en Venezuela haya un solo niño de la calle; y si no, dejo de llamarme Hugo Chávez”, decía el expresidente electo en 1998. 22 años después bajo su política de gobierno los niños de sectores populares de Ciudad Guayana no ven quedarse en casa como una opción, no cuando en la calle consiguen más comida que en sus propias neveras.

Claudia*, de 10 años, es una de las que se traslada de lunes a sábado desde Campo Rojo hasta Puerto Ordaz para pedir dinero, aunque lo que recibe no es mucho. “Yo de 500 pa' bajo, porque yo no llego ni a 600”, dice entre risas pese a su cara desafiante.

Al contrario de la mayoría, no le da pena hablar. “No tenemos nada de comida”, esa es su principal motivo para pedir dinero. Su papá labora en una panadería y su mamá abandonó el trabajo por lo bajo del salario, ambos saben que ella pide dinero en los semáforos.

Claudia quisiera ser abogada, aunque dice -entre risas- no le gusta mucho hacer tareas. Comenta que le gustaría ir al colegio, siempre y cuando le den comida. En su escuela durante los últimos días de diciembre no ha llegado el Programa de Alimentación Escolar (PAE), el cual es el único incentivo de muchos niños para asistir a clases.

“Yo me siento mal porque estoy pidiendo, pero no tenemos nada de comida (...) no estamos aquí porque uno quiere, sino porque nosotros necesitamos”, advierte. A pocos días de fin de año, le da pesar no tener ropa para estrenar cuando antes lo podía hacer con facilidad.

De acuerdo con lo establecido en la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes hay 10 tipos de medidas de protección y 12 tipos de programas para garantizar los derechos del niño o, en su defecto, preservarlos o restituirlos.

Entre los programas para atender a los niños hay de: asistencia, apoyo u orientación, rehabilitación y prevención y de abrigo. Mientras que las medidas de protección pueden pasar desde: cuidado en el propio hogar, orden de tratamiento médico, psicológico o psiquiátrico, hasta separación de la persona que maltrate a un niño y adopción.

Pero los niños no son atendidos con nada de lo estipulado en la ley. Al contrario, han recibido malos tratos y han sido echados del semáforo por funcionarios de la Policía del estado Bolívar. “Que busquemos la manera de irnos, pero como ellos se meten las tres papas trabajando con el gobernador ellos están: ay que busquen a su papá… ¿Por qué no nos dan una bolsa de comida? y nosotros nos vamos de este semáforo”, recriminó.


Los niños pueden llegar pasadas las 8:00 pm a sus casas en San Félix. Cuentan que su mayor temor es que hombres les hagan daño o se los quieran llevar secuestrados

Con niños en brazos

Los niños no son los únicos que se trasladan a pedir dinero. Tres madres con bebés menores a los 12 meses también se paran debajo de los semáforos a pedir. Luisa* es una de ellas, tiene tres hijos, la última que carga en brazos tiene ocho meses de nacida y padece de hidrocefalia, un trastorno caracterizado por la acumulación excesiva de líquido cefalorraquídeo dentro del cráneo.

Su parto fue el mismo día que se registró el primer caso de COVID-19 en Venezuela: El viernes 13 de marzo a la 1:00 de la madrugada. Debido a que ninguno de sus vecinos de La Laguna tenía gasolina ni vehículo para trasladarla al hospital, tuvo que parir a una cuadra de su casa.

Luisa nunca se controló el embarazo y luego de que su hija nació no ha buscado atención médica por no tener dinero, tan solo uno de los estudios requeridos alcanza los 40 dólares, tampoco parece entender el problema que representa la enfermedad. “Mi hija está sana, fue operada por el Señor”, expresa.

Del Estado recibe un “bono de lactancia” que fue aprobado el 4 de diciembre y que será eliminado luego de que la bebé cumpla el año, tan solo podrá aprovechar el monto de poco más de un millón de bolívares por cuatro meses, lo que apenas le alcanza para una bolsita de leche para su hija. En ocasiones puede recibir apoyo de su madre y su hermana, pero esto es insuficiente para alejarla de la calle.

Bajo un árbol cercano a la urbanización Villa Alianza se sienta a esperar que la ayuden. Relata que no es necesario acercarse a ningún carro, pues los conductores al verla se acercan por sí solos y le entregan pañales, leche y ropa para su hija.

Aseguró que se siente mal por la situación, debido a que no tiene ingresos ha reducido las comidas a dos por día, la calidad y el tamaño de las porciones. “Si te compras el arroz no compras un huevito, una salchicha”, expresó. Comenta que de tener una alternativa de ingresos no estaría pidiendo.



Avalancha de niños

Pese al sol, los vidrios, piedras y el asfalto caliente, los niños caminan descalzos. “Ya me acostumbré”, comenta una niña. Esto y el miedo a pedir han sido alguna de las cosas a las que los menores han tenido que adaptarse desde que empezaron a salir a la calle para conseguir la comida que no tienen en casa.

La mayoría cuenta que salir y pedir dinero les daba pena, pero ahora todos se lanzan encima del primer carro que llega, se guindan de los techos de los vehículos ya sea por efectivo, jugo, comida, ropa o agua. Unos son más rápidos que otros. Algunos conductores los evitan y otros entregan el poco efectivo que tienen encima.

Una señora en un vehículo beige, marca Chevrolet, se acercó a entregar alimentos. A segundos del carro detenerse, más de 15 menores sin mascarilla se tiraron encima. La conductora ni siquiera se bajó ante la avalancha de niños pidiendo pegados a los vidrios, prefirió continuar su paso y no ayudarlos.

Pese a ello el grupo persiguió sin éxito al vehículo alrededor de 100 metros más, posterior a eso discutieron entre ellos y se reprochaban entre sí quién tuvo la culpa de que la señora no los ayudara, mientras otros quedaron alertas con la esperanza que el carro regresara.

“Aquí como más que en mi casa”.

Al igual que Claudia hay niños con cara desafiante, otros con cara de inocencia y otros con cara de cansancio y confusión, como Patricia*, de 13 años. Perdió a su madre cuando tenía seis y su padre no la ayuda económicamente. Desde ese momento vive con sus tíos y su abuela que sufre de hipertensión.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida de la Universidad Católica Andrés Bello, 63,7% de los bolivarenses viven bajo inseguridad alimentaria moderada o severa. De acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos 9,3 millones de venezolanos padecen inseguridad alimentaria moderada o grave.

En ambos estudios, Patricia forma parte de dichas cifras. “Ayer yo me acosté sin comer, porque en mi casa no había comida”, soltó apenas los demás empezaban a hablar de las carencias que tienen en casa. Ese no ha sido el único día que se va a la cama sin cenar, para ella esto ocurre frecuentemente. “Yo salgo a pedir con mis primos, para ayudar a mi abuela... para nosotros mismos comer”, cuenta.

El sol ha marcado en su espalda la forma de la franelilla celeste, pues pasa el día bajo el sol y recorre 10 kilómetros desde su casa hasta el semáforo, en ocasiones en camiones que le dan la cola o en los autobuses donde los tratan mal y casi nunca los quieren montar.

Los niños generalmente se trasladan en grupo, algunos invitados por otros a venir a los semáforos al ser una alternativa que de vez en cuando los aleja del hambre, ella tiene alrededor de dos meses pidiendo.

Relata que en su comunidad la gente también carece de servicios y de una buena alimentación. En ocasiones, por la falta de gas se ven obligados a caminar en las cercanías del río Caroní para conseguir leña para cocinar. Patricia afirma sentirse bien pidiendo dinero en el semáforo: “aquí como más que en mi casa”. Aunque relata que, de no tener que pedir, le gustaría estar en su hogar haciendo las tareas del colegio.

De acuerdo con la Convención sobre los Derechos del Niño del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef): “Los niños tienen derecho a la alimentación, al vestido y a un lugar seguro donde vivir, para que puedan crecer del mejor modo posible. El gobierno debería ayudar a las familias y los niños que no puedan costearse estos bienes”.

Además de esto, establece que los gobiernos deben proteger a los niños de las drogas, la explotación sexual, el secuestro, venta de niños o cualquier otro tipo de explotación. Sin embargo, en estas calles quedan aún más vulnerables a este tipo de males.

Patricia es de las pocas que carga un tapabocas, aunque lo mantiene a la altura de la barbilla. Desconoce los daños que le puede hacer la COVID-19, para ella su miedo es otro. “Yo siento que me pueden agarrar y hacerme cosas malas, por eso me da miedo”, relató.

Estado ausente

Carlos Trapani, director general de centros comunitarios de aprendizaje (Cecodap), expresó que no hay cifras sobre la cantidad de niños que están en condición de calle, lo cual es grave pues no permite identificar la magnitud del problema.

“El niño está en la calle no porque quiere”, afirma. El especialista advierte que el aumento de la pobreza, lo debilitado del sistema escolar, la merma de los ingresos y la pandemia ha llevado a más niños en condición de calle. “Son causas estructurales donde el niño paga las consecuencias”, explicó.

Advierte que mantener a los niños en situación de calle los deja expuestos a excesos policiales, a tráfico, explotación laboral y sexual y a merced de bandas armadas que pueden brindarles alimentos y seguridad a costa de que se integren a estos grupos. “Estás comprometiendo el capital social”, dijo.

Para Trapani, que policías correteen a niños para que estos dejen de pedir en la calle no soluciona de ninguna forma el problema, por lo que es necesario un abordaje integral que incluya atención la familia, mejoras en la escuela y atención nutricional y psicosocial.

Señaló que los daños se verán en los próximos años cuando crezcan y no puedan aportar al crecimiento del país, carezcan de herramientas para solucionar problemas o socializar. Consideró fundamental planificar, invertir y gestionar acciones inmediatas al corto y largo plazo, para atender la condición de los niños.

Pese a que el equipo de Correo del Caroní intentó entrevistar vía telefónica a representantes del Consejo de Protección para saber los planes de atención a estos casos, no hubo respuesta. Aunque el grupo de niños fue sacado de la esquina el 23 de diciembre por funcionarios de la Policía regional, siguen asistiendo en grupo hasta dicho cruce.

Incluso han empezado a caminar a urbanizaciones como Villa Alianza, Villa Brasil, Campo B y Villa Colombia, sin que ningún ente del Estado les brinde garantías para que tengan una infancia tranquila. Comida, dinero y hasta jabón para bañarse son las solicitudes de niños que dependen de sí mismos para sobrevivir.

(*) Los nombres en esta historia han sido cambiados para proteger la identidad e integridad de sus verdaderos protagonistas


De: José Rivas /Correo del Caroní

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